
La insensibilidad y la crueldad; tristes recursos pútridos que el hombre desarrolló en su arrebatado y lejano andar por su mundo polvoso, sólo para pretender que la vieja sangre que aun duele se ha diluido en la transparencia del agua, mientras que las marcas convulsas del metal añejo se engalanan con la fragancia de rosas largo tiempo muertas. Era evidente que una raza tan débil ignoraría algo tan grotesco, pero insignificante, como fue la belleza inmaculada de una flor que sucumbió bajo los encantos de un rastrero. Más, en nombre del amor se habrían de cometer peores atrocidades, y detrás del grito quebradizo del vidrio lacerado de mil y un almas secas, el sonido lastimero del último vuelo de aquellos pétalos quedó perpetuamente eclipsado.
El día despuntó en el perdido Edén, y los rosados pétalos de la delicada rosa resplandecieron con el roce del platino condensado en las gotas de rocío, lágrimas errantes que habían encontrado hogar entre los pliegues de seda en su belleza. La rosa era común, con los pétalos abiertos, intensos en pigmento; se alzaba en esmeraldina columna recubierta de floretes agudos, capaces de atravesar la armadura del más arrojado caballero y clavarse en su corazón por toda una eternidad. Una rosa distraída, tan parecida como lo son todas a las féminas, taimadas o benignas, salvajes o en ternura, amantes o amadas; al final, todas ellas permiten que vuelen las faldas de sus pétalos con la dulzura agridulce de sus filos escondidos.
Femenina y graciosa, su belleza se alzaba en solitario enmedio de un valle verdoso, con algunos árboles que, extraviados de su hogar, optaron por permanecer al lado de aquella diminuta dama. Cerca de ella se deslizaba la frescura de un torrente de cristal que le permitía conservar su frescura y su encanto, y de vez en cuando la rosa inclinaba un poco la realeza de su corola para contemplarse en el tumultuoso espejo de las aguas, emulando al divino Narciso.
El desliz de aquellas escamas arribó en un segundo sólo, más monumental segundo, pues con su llegada todos los demás murieron, y dejaron de desgranarse las horas al caer la cronología con todo su significado; todo se detuvo cuando tuvo frente a si a esa trémula serpiente. No se percató de cuando llegó, ni de cómo el vientre del animal acarició la hierba que la rodeaba hasta tenerla cercada en un anillo perfecto y palpitante. El reptil de ojos amarillos y penetrantes se limitó a clavarle su mirada sin alma, que nunca parpadeaba, y la rosa quedó prendada del enigmático encanto de los dibujos marcados en sus escamas y de su aliento pesado y fétido. Sólo esta flor pudo encontrar un asomo de encanto, o incluso toda una legión de belleza escondida debajo de cada placa escamosa.
Delicada y agresivamente, la serpiente abrió sus fauces y le mostró sus pestilentes colmillos a la flor, que sólo aumentó su éxtasis en lugar de sentir nacer el miedo en sus pistilos. La boca de su amante se abrió tanto, que parecía que su mandíbula iba a desencajarse en cualquier momento; pero lo único que cayó fue nutrida cascada de veneno, un río ponzoñoso tan abundante y terrible como la Estigia, y bañó a la rosa como la sangre del dragón bañó a Sigfrido. Sus pétalos no tardaron en tomar un tinte carmesí, y así como el color rosado le dio paso al sangriento, la inocencia de la rosa se encendió en violenta pasión, y en súplica muda imploró más de ese líquido, tan frío como hirviente. Cada pétalo de su corola siguió recibiendo el dulce sometimiento del veneno, y del color de la sangre pasional cambió al de la sangre leprosa, de escarlata a púrpura. La flor se vanaglorió cuando comprobó en el río la nueva belleza que había adquirido; la lujuria corrompida es mil veces más seductora que la sencillez y modestia de una hermosura limpia. Sus pétalos estaban más abiertos que nunca, y el veneno derramado inundaba su cáliz y se derramaba a chorros, corriendo a través de su tallo, bordeando cada una de las largas espinas que parecían estremecerse ante la arremetida del fluido del reptil. Los ojos que no parpadeaban seguían encajados en la rosa amoratada, y ella no pudo contemplarse por mucho tiempo en las aguas, pues estaba perdida en la mirada de su enamorado… perdida en su propia ausencia, en cada espasmo voluptuoso que se arrebataba a sí misma.
La ponzoña no parecía acabarse, y tampoco el arrebato orgásmico de la flor, que ya había pasado a ser de un tono negro con brillos morados. Entre más se extendían los pétalos, más vigor perdía y más se torcía su silueta, antes soberbia; ella temblaba de gozo y de horror, amaba y odiaba: perduraba.
El día llegaba a su ocaso con el ocaso de cada pétalo de la flor, que sentía que su interior se destruía, como victima de un fuego invisible y líquido que la carcomía lentamente. La expresión de la rastrera permanecía igual, manteniendo su mirada sin parpadear en esa masa amorfa que se retorcía como un pergamino entre las llamas. La noche cayó, y en el montículo donde antaño se alzaba la rosa más bella y orgullosa del Edén, ya sólo quedaba una pasta aceitosa y de penetrante olor, teñida de un color más negro que la misma penumbra.
Los reptiles nunca sonríen; pero antes de marcharse arrastrándose en la hierba, la serpiente torció sus fauces en una mueca singular, única, extrañamente humana.
Fenrir Branford