.:. The Wanderer .:.

.:. The Wanderer .:.
.:. Glory & Solitude .:.

4 October 2010

.:. Nada es sagrado .:.




Nada es sagrado cuando elusivas líneas se esconden en el dorso de lágrimas caídas en el reflejo del fuego distante, ni trasciende la sangre en los muros del mármol cuando en su vacilante fluir, su corriente se parte acariciando el suelo. Ni aun las pupilas anhelantes clavadas en el derrumbe de una estrella soportan el tener sus cortinas descorridas; no toleran el roce de alas mascaradas donde debería escucharse una gota que se extravió de la cascada.

Nada es sagrado si se rompe el silencio con fe en la daga que puede abrir los muros de acero de una prisión o de un infierno, si al bajar la mirada, se revela que su filo fue mellado, que está oxidado; y no hay un par de alas, ni con plumas, ni con púas, que hagan elevarse al ángel atado a las entrañas de las piedras con cuerdas de diamante, de polvoso diamante. Y juro que un juramento que fue cimentado en un altar diáfano, y engalanado con rosas del pasado… ese juramento jamás fue jurado.

Más no le importa al palpitar caído si el clamor fue sagrado, si el viento aulló vacío, o si la voz soñada calló en el alba. El corazón perforado tiene por manda remendar con seda y sellar con lacre: remendar los vestidos desgarrados, sellar las cartas que nunca debieron haberse escrito - o acaso escuchado. El alma errante que escribió su epitafio, se dedica a buscarse entre pieles, entre uñas, debajo de una manta, o incluso de un dosel; pero ya nunca piensa si algo en su pasado, realmente fue sagrado.

Fenrir Branford
05/10/2010

4 February 2010

.:. En el silencio .:.

Este día la tinta fue borrada, pero las cicatrices permanecen indelebles dentro de cada hueso, de cada pensamiento, de cada suspiro y jirón de piel. El pigmento que confeccionó las letras y los anhelos enfrentó su final; la pluma que se esgrimió con maestría en su momento, hoy yace seca y quebrada entre los fragmentos vidriosos de un tintero agrietado, al lado de un papiro torcido y seco, cuya historia estuvo condenada aun antes de trazar la primer mayúscula, cuyo transcurrir condujo su último párrafo hacia un desenlace prematuro y abrupto. Más la sangre… la sangre que sirvió para pintar las imágenes tras el papel en un lienzo etéreo no parece terminar… y aunque con su escapatoria apresurada consume fragmentos de una existencia menguante, su torrente no muestra señales de tener fondo, ni dicha existencia de ser aniquilada.

Al final del silencio, fue necesario desgarrar los vestidos de seda y cuero, pues los cuerpos que protegían cedieron ante el filo de la muerte, y la tierra lapidaria que sembraron en su espasmo no necesitó ya de suavidad ni de aspereza para cubrirse, pues el más hostil tornado no fue capaz de barrerla, aun estando del todo expuesta. Podría parecer una ironía que al término del cataclismo, tan sólo una débil brisa cargada de melancolía, tuviera dentro de su susurrar suficiente poder como para diseminar el polvo de los ceremoniales de antaño, más en nombre de lo que fue, aun peores e insensatas profanaciones se gestaron, como aquel momento de éxtasis que germinó y se extinguió en el agudo filo de una daga.

Cada visión que las gargantas expulsaron con estruendo ante mil y un ojos y oídos atentos, simplemente se marchitaron con los nuevos bramidos de lenguas envenenadas, y las profecías calladas que dormían en acecho, fueron cumplidas con celeridad cuando la verdad triunfó sobre la esencia misma de una nefanda mentira, que durante su vida fue probablemente realidad. Tras ceñir la oscuridad su cinturón de plata e iluminar los rostros de antaño, cierto rayo de Luna mostró su faz nuevamente, revelando que siempre estuvo presto a aparecer en el sitio de las moradas platinadas y la lealtad jurada.

Al despuntar el nuevo alba, grotesco y hermoso, una memoria de antaño se abrió paso entre la cizaña de la disputa y el luto remanente, y le recordó con punzantes caricias a la Espada algo que jamás debió olvidar, aun cuando reposaba entre ornamentos heráldicos y rosas perfumadas, magnífica, en el muro de la fortaleza que eventualmente cayó en ruinas.

.:. Fenrir Branford .:.

27 November 2009

.:. Sirena en Cenizas .:.



Te encontré en el vino que degusté esta tarde. Su caricia, dulcemente fría, y su sabor engañoso, evocaron el recuerdo de tus besos. Resistí la tentación de escupirlo; lo tragué, porque así también habría de hallar la salida de mi cuerpo, pero después de atravesar mis entrañas, semejando tanto a tu recuerdo.

Has estado ahí, te he respirado en los perfumes errantes de las flores que se marchitan en la delicadeza del invierno, y pareciera ser el polen de tu piel lo que despiden las arañas violetas que por las tardes tejen mis cabellos enredados. Una vez te observé deslizarte por entre las sombras ebrias de la calleja donde ahogaba mi melancolía, y creo que bebí de tus lágrimas en aquel recinto de caoba, cuando pasé la madrugada leyéndole en voz alta mi poesía a un auditorio mudo, donde te refugiabas furtiva sin saber que me escuchabas.

He buscado olvidarte, para luego con vehemencia simplemente buscarte; no se donde perdí el rumbo, pues te perseguí entre los muslos de otras hembras, acompañantes con belleza de diferente color que la tuya. Una madrugada creí saborear tu lengua entre ciertos cabellos dorados, que me siguieron discretamente tras un concierto de cuerdas agónicas, y meses después quise encontrar el brillo de tus lunas en una mirada verdosa y extraña. Mas de una mañana olvidé si fueron días o años desde que nuestras manos fueron una en el amanecer. Tras días incansables, el sudor perfumado de damas aventuradas y doncellas profanadas se mezcló entre mis sábanas, formando una perfumería de sensualidad; pero aun confundido, pude elegir entre el centenar de pétalos aquel que dejaste olvidado cuando volaste lejos, ya arrojada por mí diestra distraída, ya impulsada por tus zapatos inquietos que alguna vez adornaron mi alfombra, manchada por nuestros espasmos.

Estuve sólo en nuestras ruinas, contemplando un ocaso congelado, y algunos ciclos después sudé arte con una actriz de labios grises. Susurré la canción que olvidaste, despierto en la madrugada del memorial de ese día, él que nos vio nacer, y celebré con una copa de licor condimentado las cenizas de los marcos que tras enmarcarnos, ardieron. Me parece que fue un súcubo el que me sacó del bar cuando de lejos bailaba tu nombre, y que la dama de quien robé savia en el aquelarre usaba en cada momento una máscara con su sombrero. Aun en esa noche, te recordaba.

Y hoy….

Encuentro mi piel tallada con los nombres de otras, cubierta del polvo de mil recintos donde nunca fundimos nuestras entrepiernas, húmeda con miradas de seres transparentes que nunca me tomé la molestia de bautizar. Pero cuando tomo la daga y la vuelvo pluma de pavorreal, encuentro bajo mi capa tu inicial tatuada, nuestras huellas con cincel plasmadas, y palpitando perpetuamente, un cuadro de nuestro “nosotros”. No sé si estoy sólo, si estoy con alguien, o si estuve; no se si esa copa derramada en mi escritorio fue de alguna amante que la descuidó en nuestra lujuria, de algún hermano con quien compartí pensamientos, o si fue mía, y cayó cuando Morfeo me venció sobre mi papiro desencantado. El calendario mohoso me anunció la carrera constante de Cronos, y así me percaté de que no te pensé durante años, y que tus cartas vagas, tus orgasmos de sirena y el azúcar de tus promesas fueron sepultados por mi arenosa indiferencia. Y aún así estuviste siempre presente. Nunca te fuiste, aun a través de las pruebas del desgranar del tiempo, de la carne difusa, de la lápida sobre el andar, del ennegrecimiento de la pintura que antaño coloreó mi vista.

Pero desapareciste entre las risas del rocío, y las heladas que matan raíces ya han descendido sobre las profundas corolas. Las rosas que ayer se tiñeron de rojo al mojarse en nuestra fuente, hoy rozan mis firmes párpados para encontrarlos secos.

Fenrir Branford

3 November 2009

.:. Fragmentos de Narciso de Tierra, Narciso de Agua .:.


Tal era la fuerza del empuje amoroso que Narciso incendiaba en su propia alma, que finalmente los ósculos lascivos de Eros terminaron sometiendo a las estocadas mordaces de Némesis. No era el hado del joven perecer con el pecho atravesado con las frías agujas azules ocultas bajo el espejo de la fuente, sino que su bendición y su condena se encarnaban en el descubrimiento de una perfección excelsa, pero que esta vez no se trataba de una extensión de su propio ser. Se encontraba tan ensimismado, que no pudo – y por el momento no lo deseaba – darse cuenta de que otros ojos perfectos lo contemplaban del otro lado del espejo, bajo la fría humedad que tenía la benevolencia de darle a probar el néctar de su reflejo. La aparente tranquilidad en la superficie del líquido espejo ocultaba una pasión tan vehemente como la que sentía Narciso, pero de una naturaleza salvaje y violenta, más análogamente sublime; tal era su intensidad, que el líquido helado que la contenía no pudo más que entibiarse ante la calmada agitación que se gestaba bajo su superficie.

(...)

La preciosura de la sirena era inmensa, tan incontrastable, que Narciso no reparó en que ahora su sortilegio amoroso se dirigía a una criatura distinta. Tan perfectos eran, que casi habría podido pensarse que se trataba de un par de gemelos que condensaban todo ideal de belleza creado por los dioses, pero se adivinaban diferencias que hacían que la pareja resonara con un ritmo aun más excelso: la noche eterna parecía haber encontrado un hogar en la insondable cabellera de la sirena, suave y flexible como la cuerdas de la lira de Orfeo, y la luz no le daba un destello luminoso, sino que agregaba abismos purpúreos que a instantes se adivinaban escarlatas, como si en cada cabello murieran en delicada explosión cientos de estrellas; la blancura de su cuerpo había sido pintada con delicado pincel de una tonalidad inmaculadamente blanca, y ante esa ausencia de color, el mismo mármol podría haber parecido una estallido de mil y un tonos profusos y amenazantes. Era como si tal hermosura reflejara el colapso del bien en el mal y del mal en el bien, como el encuentro de la nada y el todo, del dolor y la dicha, un choque bestial de arrobador encanto. La vista de esta beldad estaba perlada con la intensidad de la esmeralda, y entre el bosque de color y de reflejos verdosos que la componían, era difícil distinguir la oscuridad de su pupila, absorta en la mirada de zafiro de Narciso. Si el joven no podía ser superado en encanto y virilidad, la carne de la sirena era el máximo ideal de feminidad y de gracia, el producto de una batalla entre la sobriedad de lo casto y la lujuria de lo impuro, pues cada curvatura de su ser expresaba a su vez deseo y desdén. Era tan seductora y ofensiva que Atenea podría haber abdicado de su virginidad en un afán de probar cada sabor en ella.

(...)

Si anteriormente los jóvenes degustaron una delicia desconocida a dioses y hombres por igual, en ese momento recibieron la retribución a tanto placer en forma de desesperación. El agua que había comenzado a emanar vapores aromáticos al contacto con la felicidad de la sirena se enfrió de súbito, y un sutil aire glacial se dejó sentir alrededor de los dos trágicos amantes, pues la mirada de esmeralda de ella dejaba fluir todo un torrente de lanzas de hielo que se hundían hasta la más profunda negrura de la fuente. Narciso la acompañó en su llanto con los ecos de mil y un lágrimas doradas, ardientes pero gélidas por dentro, brillantes pero carentes de la vida que posee la luz, y que se diluían en el aire antes de poder llegar al agua. Ambos seres no pudieron mezclar sus lágrimas; la fuerza con la que clavaban sus dedos en las manos del otro terminó por desgarrar sus pieles, liberando copiosos ríos de vino carmesí, un licor tibio que por instantes les devolvió un poco de la calidez que antaño emanaba de sus pieles enamoradas, y comenzó a teñir de rojo las aguas donde ella reposaba.

Fenrir Branford

1 October 2009

.:. Violeta Grisáceo



Corren, hacen arder los cráteres que adornan las plantas de sus pies viejos; su carrera es tan veloz como absurda, pues no existen demonios alados o coronados con cruel cornamenta detrás de ellos. Nadie sigue sus huellas, no hay alma o espectro que deslice afilada hoz en pos de sus cuellos secos; huyen del dolor que se condensó como grasa quemada en cada recoveco de sus pupilas cansadas. Su celeridad se traduce en angustia briosa, adornada con la viscosa y caliente nieve de la rabia, estremecimiento frontal dentro del cual una sola caída resultaría fatal.

Poco a poco, sus pasos construyen su camino, como las piedras talladas construyen, una a una, los muros de un castillo. Labran su propia senda, su propia guía desesperada que los deposita en la cima afilada de una montaña estéril. Sus retinas finalmente estallan al enfrentar un cuadro apergaminado, una imagen capturada en toda tonalidad del gris, lejana a la fantasía de delicadeza celeste y candoroso carmesí que en sus sueños diurnos evocaban y exaltaban en su mortuorio clamor.

Y ellos alzan trémulamente sus dedos maltrechos, buscando afanosamente poder rasguñar siquiera la membrana de un cielo traicionado largo tiempo ha, con la vana esperanza, con la fútil pugna de poder rasgar y hacerlo sangrar, extirpando el ansía de sus demolidos vientres, deseando inútilmente que al menos la sangre pútrida pueda darle algún color a un escenario gris, opaco y sucio como la lápida que los cubre alevosamente. Ellos se afanan en acariciar con sus garras marchitas la áspera seda de un cielo que nunca será el mismo de nuevo.

Más en sus súplicas mudas y convulsas, son incapaces de dilucidar; no ven que el vino detrás del telón grisáceo emana tal pestilencia, porque ese firmamento siempre estuvo muerto. Y con reventar la seda marchita que es ya velo, ya mortaja, liberan el abrazo de una muerte dormida pero voraz, engalanada con el ponzoñoso color del polvo fermentado con alas inertes.


Fenrir Branford

29 July 2009

.:. Tinta .:.


Mientras despiertas
te marcaré
con la tinta de mis letras.

No existe ningún medio
por el que puedas resistirte
a perder tu razón,
por la constante opresión
de mis labios tibios
sobre los pliegues
de tu piel inerte.

Que sean tus muslos mi tintero;
que tu cuerpo sea mi lienzo,
sobre el que distraído me poso
formando círculos y versos,
donde mi vehemencia vierte
el color de mi deseo.

Formaré con tus manos
palabras de carne,
pigmentos de mi verbo,
y matare toda distancia
entre nuestros cuerpos,
hasta que te disuelvas,
irremediablemente,
sobre las suaves hojas de mi pecho.

Tinta somos,
Tú y yo,
En el amor.

Fenrir Branford

22 May 2009

.:. La rosa y la serpiente .:.



La insensibilidad y la crueldad; tristes recursos pútridos que el hombre desarrolló en su arrebatado y lejano andar por su mundo polvoso, sólo para pretender que la vieja sangre que aun duele se ha diluido en la transparencia del agua, mientras que las marcas convulsas del metal añejo se engalanan con la fragancia de rosas largo tiempo muertas. Era evidente que una raza tan débil ignoraría algo tan grotesco, pero insignificante, como fue la belleza inmaculada de una flor que sucumbió bajo los encantos de un rastrero. Más, en nombre del amor se habrían de cometer peores atrocidades, y detrás del grito quebradizo del vidrio lacerado de mil y un almas secas, el sonido lastimero del último vuelo de aquellos pétalos quedó perpetuamente eclipsado.

El día despuntó en el perdido Edén, y los rosados pétalos de la delicada rosa resplandecieron con el roce del platino condensado en las gotas de rocío, lágrimas errantes que habían encontrado hogar entre los pliegues de seda en su belleza. La rosa era común, con los pétalos abiertos, intensos en pigmento; se alzaba en esmeraldina columna recubierta de floretes agudos, capaces de atravesar la armadura del más arrojado caballero y clavarse en su corazón por toda una eternidad. Una rosa distraída, tan parecida como lo son todas a las féminas, taimadas o benignas, salvajes o en ternura, amantes o amadas; al final, todas ellas permiten que vuelen las faldas de sus pétalos con la dulzura agridulce de sus filos escondidos.

Femenina y graciosa, su belleza se alzaba en solitario enmedio de un valle verdoso, con algunos árboles que, extraviados de su hogar, optaron por permanecer al lado de aquella diminuta dama. Cerca de ella se deslizaba la frescura de un torrente de cristal que le permitía conservar su frescura y su encanto, y de vez en cuando la rosa inclinaba un poco la realeza de su corola para contemplarse en el tumultuoso espejo de las aguas, emulando al divino Narciso.

El desliz de aquellas escamas arribó en un segundo sólo, más monumental segundo, pues con su llegada todos los demás murieron, y dejaron de desgranarse las horas al caer la cronología con todo su significado; todo se detuvo cuando tuvo frente a si a esa trémula serpiente. No se percató de cuando llegó, ni de cómo el vientre del animal acarició la hierba que la rodeaba hasta tenerla cercada en un anillo perfecto y palpitante. El reptil de ojos amarillos y penetrantes se limitó a clavarle su mirada sin alma, que nunca parpadeaba, y la rosa quedó prendada del enigmático encanto de los dibujos marcados en sus escamas y de su aliento pesado y fétido. Sólo esta flor pudo encontrar un asomo de encanto, o incluso toda una legión de belleza escondida debajo de cada placa escamosa.

Delicada y agresivamente, la serpiente abrió sus fauces y le mostró sus pestilentes colmillos a la flor, que sólo aumentó su éxtasis en lugar de sentir nacer el miedo en sus pistilos. La boca de su amante se abrió tanto, que parecía que su mandíbula iba a desencajarse en cualquier momento; pero lo único que cayó fue nutrida cascada de veneno, un río ponzoñoso tan abundante y terrible como la Estigia, y bañó a la rosa como la sangre del dragón bañó a Sigfrido. Sus pétalos no tardaron en tomar un tinte carmesí, y así como el color rosado le dio paso al sangriento, la inocencia de la rosa se encendió en violenta pasión, y en súplica muda imploró más de ese líquido, tan frío como hirviente. Cada pétalo de su corola siguió recibiendo el dulce sometimiento del veneno, y del color de la sangre pasional cambió al de la sangre leprosa, de escarlata a púrpura. La flor se vanaglorió cuando comprobó en el río la nueva belleza que había adquirido; la lujuria corrompida es mil veces más seductora que la sencillez y modestia de una hermosura limpia. Sus pétalos estaban más abiertos que nunca, y el veneno derramado inundaba su cáliz y se derramaba a chorros, corriendo a través de su tallo, bordeando cada una de las largas espinas que parecían estremecerse ante la arremetida del fluido del reptil. Los ojos que no parpadeaban seguían encajados en la rosa amoratada, y ella no pudo contemplarse por mucho tiempo en las aguas, pues estaba perdida en la mirada de su enamorado… perdida en su propia ausencia, en cada espasmo voluptuoso que se arrebataba a sí misma.

La ponzoña no parecía acabarse, y tampoco el arrebato orgásmico de la flor, que ya había pasado a ser de un tono negro con brillos morados. Entre más se extendían los pétalos, más vigor perdía y más se torcía su silueta, antes soberbia; ella temblaba de gozo y de horror, amaba y odiaba: perduraba.

El día llegaba a su ocaso con el ocaso de cada pétalo de la flor, que sentía que su interior se destruía, como victima de un fuego invisible y líquido que la carcomía lentamente. La expresión de la rastrera permanecía igual, manteniendo su mirada sin parpadear en esa masa amorfa que se retorcía como un pergamino entre las llamas. La noche cayó, y en el montículo donde antaño se alzaba la rosa más bella y orgullosa del Edén, ya sólo quedaba una pasta aceitosa y de penetrante olor, teñida de un color más negro que la misma penumbra.

Los reptiles nunca sonríen; pero antes de marcharse arrastrándose en la hierba, la serpiente torció sus fauces en una mueca singular, única, extrañamente humana.

Fenrir Branford

3 May 2009

.:. Elegía en crescendo .:.



* Palabras vomitadas desde el reverso de mi vientre, en una noche perlada del aliento de mil búhos con plumas de plata.


Vacío total rodea mi pensamiento y cubre de una seca lluvia de cenizas todos mis sentidos; la nada es lo que vivo y mi vista cansada extraña perderse en la profusión del negro, ese intenso brillo apagado que corría de forma estática, como pintado por la noche en cada filamento de la interminable cascada formada por tus cabellos, velo viviente de espíritus danzantes cuyas cortinas se abrían de par en par para permitirme posar el calor que inundaba mis besos en el receptáculo de tu oído. Pienso en ello enmedio de la desolación del auténtico silencio que rasguña la superficie de mis aguas, dándome cuenta de que el estruendo que cabalga sobre el viento no existe para mí, y que es la primera ocasión en que no escucho por la ausencia de las notas de tu voz. Tan sólo mi mente te recrea y te nombra mientras reposo envuelto en trémula mortaja inasible, que abstrae mi esencia de todo espacio donde no repose el extracto de tu savia.

Más, rompiendo con la membrana de hielo que me encadena los labios en este estado de letargo, me he dedicado a desenterrar los dedos para tomar los puntos luminosos que bailan intermitentes, y bordar en el aire con el lacre de tu sudor esa silueta exquisita, aquella que dejaste tatuada al pie de las montañas con fino polvo de estrellas, arena de fuego y glaseado de hielo, eterna amalgama de caricias que sólo tomaron forma cuando las depositaste sobre mí, dándole color a un océano que se debatía entre el espesor de la brea y la transparencia del licor insaboro. Sin embargo, aunque la belleza plasmada en ese brillo sobrepasa la concepción del humano sobre la perfección de sus antiguas e inexistentes beldades, el placer que me inocula con sus ósculos distantes es la vez tortura, agudeza que me recuerda los dulces trazos que tu boca desea marcar sobre mi lengua ardiente y me gélida piel.

Mi alimento me es ausente, pues deseo degustar tu aliento, y la sed será invencible sin la humedad de tus ojos, cuando atormentada por la lejanía matas esa distancia con un salto ágil que te conduce a mis brazos, edificados y labrados en la viveza de mi roca con el fin último y único de guarecerte de los elementos, a excepción de las columnas flamígeras cuya furia avivaste en mi y que pugnan por amarte y penetrarte entre más crece el Edén que compartimos.

Finalmente es menester esgrimir el hierro y forjar un paso a través de un sendero incierto, liberando a cada estoque la miseria de las sombras vagabundas para persistir, matando cada minuto, segundo y hora que laceran las cicatrices aun temblorosas, y destrozar las raíces del glaciar que marca la fatal diferencia entre el “instante” y el “ahora”. No beberé de esa copa de delicias ondulantes que marcaría el epicentro de mi muerte, pues cuando los pasos envinados terminen y la silueta entone de nuevo su inherente dualidad, sólo en ese día habrá de vaciarse el fluido que perlará el pútrido rocío en dulzura renacida.

03/05/2009
Fenrir Branford


15 April 2009

.:. Nocturno .:.


I


La melancolía líquida de la Luna me ofrecía el esplendor de la noche condensado en una copa consagrada a ti; receptáculo de cristal que acogía un licor plateado y fulguroso que, no obstante su poder, pierde todo su gusto cuando lo degusto sin poder después compartir su sabor con tus labios a través de los ágiles reveses de mi lengua; sin embargo, dejando que el viento me envolviera y la oscuridad se asentara, me permití vaciar el cáliz hasta sus raíces, pues mi certeza dictaba que reconocerías la luz que perlara mis poros a la distancia, y no podrías más que enviarme alados roces en forma de suspiros al reconocer la amalgama de mi resplandor y de mis estentóreos suspiros que profanaban el viento hasta llegar a tus oídos.

II


Dulce delicia es aquella que sólo puede entender el alma trémula que vibra incesantemente, palpitando dentro de su seno la sutil, suave e indomable unión de una dualidad antaño antagónica, en algún momento distante, enmedio del caos resonante, más siempre hermosa y terriblemente desafiante. Ligerísimo extracto de besos extraviados, destilado de raíces de las montañas mordaces, la saliva sibilante de las nubes y le repetitiva reflexión del lado negro que siempre oculta el sol. Exquisita entelequia cuya fragancia acaricia, hipnotiza, embalsama y brinda mil vidas. Único, inmanentemente embriagante fragmento de perpetuidad, cuya caricia en las entrañas tatúa y no puede jamás ser olvidada…

Fenrir Branford
15/04/2009

21 January 2009

.:. Raison D'etre .:.


Ese día él decidió que su vida sería fuego. Deseaba arder como jamás lo había hecho antes, y si su alma debía consumirse y extenuarse con tal de volverse una con las llamas, entonces así sería. No podía, por más que lo intentara, deformar los bordes de su mente con forma de molusco; trataba de encajar en el molde cuadrado y uniforme que cada anélido convencional glorificaba ante él, más siempre fallaba. Los intentos resultaban fútiles porque no podía ni lo deseaba, y dentro de cada uno de esos “fracasos” nacía toda una gama de sensaciones gratificantes, una serie de explosiones que resonaban con la acústica de la sala de música producida por sus pensamientos, haciendo vibrar y retumbar la membrana acuosa donde dormían sus deseos, produciendo mil y un pinturas e imágenes de sonido y de agua, pinturas etéreas e invisibles grabadas con metal incandescente en un lienzo de líquido cristalino que existía meramente dentro de él, pero que resultaba más real, más caliente y refrescante que cualquier erupción volcánica o maremoto kilométrico de aquellos que puede percibir y temer el grueso del mundo, contrastando con los elementos que él hacía nacer dentro de sí, bestialmente inadvertidos, deseados y añorados.

Los gritos de las mil bocas sin cuerpo que mordían cada uno de sus poros erosionados nunca habían sido silenciados, sino que meticulosamente cayeron presos en una crisálida de piedra que hacía parecer un valle rocoso aquella planicie donde la vida pugnaba por florecer, como un ejército de rosas empuñando sus espinas e intentando abrir a estocadas cierta cortina de humo disfrazada de hierro. Finalmente esa seda de piedra se abrió, se resquebrajó, y los labios tomaron el cuerpo de un ejército completo de ninfas y sílfides que se encargaron de derramar el dulce de su saliva sobre cada objeto en el cual él posaba la fuerza de su mirada, transmutando así el cemento en nieve, los callejones en senderos, el metal en armería y la ausencia en presencia, en una sensación corpórea de miles de vidas y miles de años, una fuerza abrasadora de una cantidad incontable de historias y de eras que podían hacerse presentes con mayor intensidad que cualquier dosis de ilusoria realidad, pues todo su vigor sólo aparecía frente a aquellos pares de ojos que pudieran transgredir los muros de la seguridad y lo banal; aquellos ojos que sólo podían esgrimir quienes, en su errar por cada camino pavimentado en la carne de un mundo polvoso, estaban dispuestos a derramar cada gota de su propia sangre, buscando afanosamente que se mezclara con esa suciedad, levantando un palacio de hojas y raíces donde lo más que había existido era la esterilidad del pantano.

Sílfides, salamandras, gnomos y ondinas… no hubo un solo elemento que no penetrara por cada cicatriz de su cuerpo, marcas de antaño que la carne había cerrado, pero que permanecieron entreabiertas en alguna parte de su esencia, como puertas cerradas para las miradas casuales pero disponibles para la fuerza inquisitiva de la poesía viva, esperando poder ser abiertas de par en par y permitir el paso a los entes riesgosos, esa fuente de vida que amenaza con destruir, pero que encierra el beneficio de hacer renacer a los hombres y a las mujeres arrebatados que decidan inmolar su supervivencia para abrazar la vivencia plena y purpúrea, o rojiza, o azulada o verdosa. Aunque su piel no se mancilló, toda su sangre hirvió y brotó con la fuerza arrolladora y furiosa que fue capaz de hundir a la misma Atlántida, e hizo surgir no un continente, sino un universo entero que tomó el lugar del que antes se presentaba frente a su espíritu; no hubo necesidad de hacerlo arder cruelmente, pues ya era en sí una pila de cenizas. No importaba que el resto del mundo lo tomara como una realidad de colores y sabores; su realidad era que ese mundo había sido poco menos que cenizas, y que el nuevo espacio infinito y excelso que había creado podía brindarle los colores que el antiguo orden no había concebido, y los sabores que habían permanecido ocultos y prohibidos, por miedo del humano a morir envenenado al degustar tanto éxtasis.

Al arrojarse a esa hoguera, cada centímetro de tierra se volvió una hoja en blanco esperando ser grabada con el sonido de las risas de los árboles; cada segundo de atardecer se tornó un lienzo en el cual podía extender los dedos de su mente cual pinceles, y recrear aquello que contemplan las águilas en su último vuelo; cada grano de sal que se esconde en las gotas de las olas del océano se volvió losa de un recinto en el cual podía bailar la música de la pintura negra de la noche, hasta que lo incorpóreo de sus entrañas se cansará de tanto danzar, de tanto crear. Él ya no necesitaba hacer uso de un cuerpo, pues era demasiado poco como para contener la pasión de las llamas que veía generarse en cada uno de sus jardines. Se entregó al fuego y fue uno con el fuego, para que la llama fuera una consigo, y poder contemplar desde la cima de un huracán aquello que hace que la mirada de algunos muertos tenga más calor que la de mil millones de seres vivos.

Fenrir Branford
19/01/2009